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Chris Alexander. Una ciudad no es un árbol

Chris Alexander, en “Una ciudad no es un árbol”, apuntó uno de los principales fallos de la práctica urbanística modernista: crear ciudades con la estructura de un tipo particular de grafos llamados árboles, en el que para ir de una hoja a otra hoja en diferente rama hay que pasar forzosamente por el tronco. En su lugar, las ciudades tradicionales, creadas desde abajo de manera orgánica, funcionan como un tipo de grafos llamados semi-celosías, en las que hay caminos múltiples para ir de un sitio a otro.

Una ciudad no es un árbol

Una ciudad no es un árbol, escribió Chris Alexander en un revolucionario ensayo de 1965. Junto a las obras de Jane Jacobs de la misma época, “Una ciudad no es un árbol” sentó las bases de una nueva ciencia de para entender las ciudades y dejó claro, de paso, que una ciudad tampoco es una creación, ni siquiera una creación humana. Como tampoco una ciudades una máquina, como creyeron los modernistas. Ni un organismo, como nos tratan de explicar algunos modelos. Una ciudad, por el contrario, sí es un sistema complejo, un ecosistema tan natural como un bosque. Por eso, el de crear ciudades es un oficio atrevido, como lo es todo lo que se enfrenta a una tarea imposible.

Crear es el estadio último de la ciencia, la cual comienza siempre por entender. Entendimos nuestro alrededor, el aire, la tierra, el agua y el fuego. Lo pequeño y lo lejano. Tratamos de comprender nuestros cuerpos para sanarnos, y después nuestras mentes para no volvernos locos. Y seguimos entendiendo, ahora orientando los esfuerzos de la ciencia en los últimos grandes misterios: la materia oscura que no podemos ver, la materia gris interior de nuestras almas torturadas, el origen de la vida.

Pero crear siempre nos infundió un respeto reverencial, conscientes de la extrema dificultad del desafío. Cautos al meternos en una tarea que, intuíamos, no nos correspondía. Podemos aspirar a comprender un bosque, pero crearlo es harina de otro costal. He leído que hay quien trata de crear estrellas en el laboratorio, o nuevas especies mezcla de simio y humano que, no por casualidad, llevan el nombre de quimeras. A pesar del gran progreso científico, esas creaciones decaen porque el diseño planificado desde arriba tiene muchas más dificultades que el diseño orgánico. Éste último sucede de abajo arriba, evolutivamente.

Ciudades ecosistema

Las hormigas, una especie colectivista como los seres humanos, no necesitan una arquitecta-hormiga para diseñar su hormiguero. Si disponer de una hormiga-urbanista hubiera traido consigo mejores hormigueros, más resistentes, puede el lector dar por seguro que la selección natural, que ha tenido millones de años para perfeccionar la especie hormiga, los habría diseñado.

Las ciudades son otro ecosistema natural más, como los hormigueros, pero mucho más complejo porque, entre otras muchas cosas, contienen a su vez miles de hormigueros en su interior. Sin embargo, de unos dos o tres siglos a esta parte, al hombre le ha dado por “salir a crear ciudades.”

Y entonces unos cuantos hombres dijeron: “en ese lado comprarán, en ese otro lado vivirán, más allá trabajarán”. Y clonaron sus diseños de un sitio a otro sin tener en cuenta que el mejor diseño surge del diseño orgánico y vernacular que tiene en cuenta las características de cada lugar, el “genius loci”. Crearon Brasilia y re-crearon Detroit, que languidecen como la pobre oveja Dolly, o las estrellas de laboratorio, o las quimeras.

Los seres humanos son creadores por naturaleza, pero crear tiene que ser consecuencia de entender. Experimentaron, y acabaron entendiendo la madera, y entonces crearon los barcos que les permitieron adentrarse, a su vez, en la comprensión del mar. Crearon sencillos poyetes, y después las sillas, y las mesas. Yendo de lo sencillo a lo complejo, fueron dominando los materiales de construcción, y crearon cada vez mejores hogares, naves, monumentos, que inconscientemente dieron lugar a barrios de intrincadas callejuelas.

Salir a crear ciudades (sin entenderlas)

Sin embargo, un día se le dio la vuelta al proceso. Alguien pensó en ejercer el poder creando ciudades de arriba a abajo. Y los seres humanos se pusieron a crear y a planificar ciudades con especial fruición a partir de la eclosión del modernismo. Tal avidez creadora llegó antes de disponer una ciencia de las ciudades que permitiera comprenderlas bien.

Para cuando esta ciencia empezó a asomar, cientos de escuelas de arquitectura y urbanismo habían ya producido un tipo de seres humanos especializados. Unos futuros creadores de ciudades que irían escalando posiciones en los departamentos de urbanismo de las ciudades. A esos profesionales especializados les fue encomendada la atrevida y crucial tarea de crear los nuevos desarrollos urbanos que lidiarían (nada más y nada menos) con:

  • la masiva migración urbana a partir de la segunda mitad del siglo XX, la mayor de la historia
  • el proceso de rápido progreso e industrialización de entonces hasta ahora, el mayor de la historia

Y todo eso se hizo sin la ayuda de una ciencia que hiciera comprensible la ciudad. Ahí es nada.

Un urbanismo aún primitivo

or alguna razón, se pensó que la ciudad era un conjunto de casas y de edificios, y se decidió que los que sabían diseñarlas pudieran también crear ciudades. Por eso la planificación urbanística es hoy en día una disciplina fundamentalmente arquitectónica. Se podía haber decidido que lo más importante de una ciudad no eran los edificios, sino las personas, que la ciudad era fundamentalmente una red social, un conjunto de gente interaccionando una con otra. Eentonces la tarea de su diseño hubiese correspondido a la sociología. Pero, salvo excepciones, esto no sucedió así.

Chris Alexander, en “Una ciudad no es un árbol”, apuntó uno de los principales fallos de la práctica urbanística modernista: crear ciudades con la estructura de un tipo particular de grafos llamados árboles, en el que para ir de una hoja a otra hoja en diferente rama hay que pasar forzosamente por el tronco. En su lugar, las ciudades tradicionales, creadas desde abajo de manera orgánica, funcionan como un tipo de grafos llamados semi-celosías, en las que hay caminos múltiples para ir de un sitio a otro.

Argumentos para un diseño evolutivo

Alexander, además, formuló la teoría de que, cuando hablamos de sistemas muy complejos como los ecosistemas  (y la ciudad lo es), el diseño más robusto es el diseño evolutivo, orgánico, el que es realizado por las unidades fundamentales del ecosistema. En nuestro caso, sllo implica aparcar definitivamente la figura del planificador urbanista omnipotente en beneficio de la creación de condiciones favorables para la experimentación ágil y evolutiva de nuevas soluciones de diseño urbano.

Tras “Una ciudad no es un árbol” se esconde una poderosa idea, la de que el todo es más que la suma de sus partes. Son las hormigas quienes hacen el hormiguero, que no es producto de la suma de esfuerzos sino que es mucho más (igual que un bosque no es una suma de hormigueros, más árboles y plantas, más ríos, etc.) La fortaleza y la belleza del ecosistema reside en ser la consecuencia de miríadas de pequeños esfuerzos que, uno a uno, resultan insignificantes.

El pensamiento de Chris Alexander nos lleva a plantear un diseño urbano iterativo, ágil, evolutivo, que se nutra de cuasi-azarosos y rápidos ciclos de prueba y error. Si hay algún programador entre los lectores, esto le sonará cercano a las metodologías ágiles. El pensamiento de Chris Alexander, que además de arquitecto era matemático, fue de lectura obligada en muchas facultades de informática. Sus teorías sobre el diseño orgánico inspiraron la programación orientada a objetos, entre otros avances.

Divide y vencerás

Alexander llegó a estas conclusiones reflexionando sobre cómo abordar el diseño de sistemas. Pensó que podía ser útil descomponer el problema de diseñar un todo en sub-problemas, y éstos a su vez en nuevos sub-sub-problemas. Recursivamente, se podía llegar a una unidad de diseño básica con entidad propia. En programación, un objeto. En arquitectura, por ejemplo, una casa. Alexander llegó a la sugestiva idea de que el todo resultannte acaba funcionando mejor si cada unidad básica se diseña:

  • pensando en sí misma,
  • y permitiendo múltiples interacciones de unidades básicas entre sí

La idea de Alexander es consistente con la Ley de Metcalfe, que establece que el valor de una red (y la ciudad es una gran red social) aumenta exponecialmente con el cuadrado de los nodos (personas o viviendas) conectados entre sí. También lo es con el sistema de desarrollo distribuido del software libre que, entre otros factores, debe su robustez a su elevado grado de descentralización.

Desterrada la idea de la creación del mundo en 7 días, deberíamos re-formular el urbanismo para orientarlo más a la re-creación de las condiciones en que los habitantes de las ciudades las compusieron en el pasado. Así como a favorecer que nuevas innovaciones y adaptaciones sigan manteniendo vivo, robusto y bello a nuestros ecosistemas urbanos.

Artículo publicado bajo licencia Creative Commons de cultura libre. Algunos derechos reservados.

Foto de Sayan Nath vía Unsplash

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Last modified: 28/09/2021
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