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Kevin Lynch. La imagen de la ciudad

Lynch trata de dibujar el mapa mental que el ciudadano medio se compone de su ciudad. Conseguir trasladar esa imagen desde el cerebro colectivo al papel, razona, es el primer paso para medir el éxito o el fracaso del paisajista y del urbanista. Porque, argumenta, de la misma manera que orientarse (en la selva, en el desierto, en el mar) es una de las habilidades básicas de la supervivencia, un paisaje urbano que permita una buena orientación espacial favorecerá la vitalidad del espacio público.

Kevin Lynch La imagen de la ciudad

“La imagen de la ciudad de Kevin Lynch” es una obra seminal en esa disciplina de la arquitectura llamada diseño urbano. Y lo es porque constituye, en la práctica, el inicio de un nuevo campo de trabajo y de estudio, el de la geografía de la percepción y el comportamiento. En su obra, Kevin Lynch trata de comprender y diseñar la parte visible de la ciudad a través de la imagen que ésta proyecta en nuestro cerebro.

El enfoque psicológico de Lynch abrió una perspectiva nueva en el urbanismo: la del diseño de la ciudad teniendo en cuenta de la psicología de sus habitantes. Esto contrastaba, desde luego, con la idea de que la ciudad puede ser producto de unas pocas mentes creadoras (Le Corbusier, Nienmeyer, etc) poco menos que omnipotentes. Éstos trazarían las grandes avenidas, los barrios residenciales y los parques empresariales.  Que serían, a su vez, ocupados por figuritas-ciudadanos.

Una idea que encontró tierra fértil en las épocas oscuras de los gobiernos fascistas en Europa de la primera mitad del siglo XX. Las selectas mentes creadoras eran falsamente omnipotentes. En realidad, trabajaban para alguien superior, interesado en que nuestra vida fuera una monótona sucesión de metro-boulot-dodó.

La tercera vía

Pero el enfoque de Lynch tampoco acababa de encajar con la perspectiva opuesta, la abanderada por intelectuales como Lefebvre y los situacionistas durante las décadas posteriores a la Segunda Guerra Mundial, de que la ciudad debía diseñarse para fomentar los deseos más libertarios, de manera que el paisaje urbano nos deparase un continuo carrusel de momentos o situaciones liberadoras. “La imagen de la ciudad” de Kevin Lynch es una obra baja en decibelios ideológicos. Para Lynch, una ciudad diseñada para ayudarnos a saber dónde estamos y hacia dónde vamos, sin temor a perdernos y sintiéndonos seguros en todo momento, ya es suficiente avance.

La obra de Lynch data de 1960. Se trata de un tiempo en que los situacionistas empiezan a abandonar el prometedor camino que para la incorporación de la psicología al urbanismo habían abierto sus primeras indagaciones en la psico-geografía y en el  urbanismo unitario. Si la primera estudiaría los efectos que sobre las emociones del individuo ejerce el entorno urbano, el segundo estaba destinado a sobrepasar cualquiera de las disciplinas arquitectónicas y artísticas en pos de una ciudad que sería, en sí misma, una obra de arte colectiva. Una obra de arte en la que nosotros viviríamos una vida exclusivamente emocional.

A diferencia de los intelectuales situacionistas, que trataban de trazar el mapa sentimental de la ciudad según su propia interpretación, Lynch trata de dibujar el mapa mental del ciudadano medio. Conseguir trasladar esa imagen desde el cerebro de esos ciudadanos al papel, razona Lynch, es el primer paso para medir el éxito o el fracaso del paisajista, del urbanista, y del arquitecto. Porque Lynch argumenta que, de la misma manera que orientarse (en la selva, en el desierto, en el mar) es una de las habilidades básicas de la supervivencia, un paisaje urbano que ofrezca una adecuada orientación espacial favorecerá la vitalidad del espacio público.

Cualidades de la imagen urbana

Para que una ciudad configure en nuestro cerebro una imagen coherente debe:

  • ser “legible”, facilitando al habitante o al visitante la comprensión básica de su estructura. París es un ejemplo de ciudad legible, encerrada en un cinturón como es el Bulevard Periferique, con el Sena serpteando por su mitad, y un punto de referencia principal como la Torre Eiffel que actúa como un gran faro que nos orienta allí donde estemos. Junto a la Torre Eiffel, existen otros puntos de referencia secundarios que contribuyen a saber siempre dónde estamos: el Sacre Coeur al norte, la Tour Montparnasse, o La Defènse como límite en el oeste.
  • poseer una estructura, transmitir una identidad y un significado
  • ser evocadora
  • transmitir una cierta sensación de imperfección, de no estar acabada, de manera que sintamos que podemos todavía tener un rol activo o constructivo en ella
  • resultar segura, algo que, evidentemente, nos lleva a considerar “La ciudad de los niños” de Tonucci: una ciudad segura es aquella en la que vemos niños jugando en la calle.çç

Para conseguir estas cualidades Lynch propone, en primer lugar, descomponer la ciudad en lo que considera “bloques o elementos fundamentales”.

Los 5 elementos del mapa mental de la ciudad

La imagen de la ciudad, según Kevin Lynch, depende de la combinación, relaciones y cualidades de 5 elementos constituyentes: los nodos, los caminos, los bordes, los distritos y los “landmarks” (que podemos traducir como “hitos”).

Los hitos o “landmarks” son aquellos puntos de referencia que uno puede recordar con los ojos cerrados y que cualquier niño dibujaría en un mapa de su ciudad o de su barrio. Los distritos son los conjuntos urbanos dotados de una cierta homogeneidad o cualidad característica (puede ser la tipología de edificios, su carácter portuario, o la configuración de sus plazoletas). Los bordes son los límites percibidos de los distritos (la playa, una vía de tren, una gran avenida). Los nodos son aquellos puntos en los que tenemos que tomar decisiones: cruces, rotondas, o plazas. Finalmente, los caminos (“paths”) son las vías para transitar de un nodo al siguiente.

De estos 5 elementos, los nodos y los caminos (o “paths”) son especialmente interesantes en nuestro viaje investigador, durante el cual nos hemos propuesto descubrir cómo los datos urbanos nos pueden ayudar a diseñar espacios y servicios públicos de más calidad y más sostenibles.

Los nodos como generadores de arquitectura

Nos interesan los nodos por su potencial de generar arquitectura. Este potencial se puede argumentar de diversas maneras. Por ejemplo, Castells ya anticipó en su visión del “espacio de los flujos” que alrededor de los grandes nodos de intercambio de flujos (ya sean estos flujos de personas, mercancías, de información. de capital, etc) se había generado una arquitectura del fin del milenio que ejemplariza en las nuevas estaciones de tren de alta velocidad, en los aeropuertos, o en los distritos financieros de arquitectura vertical.

Michael Batty, desde su visión de la “sintaxis del espacio” argumenta que, si la ciudad es una superposición de redes (de transporte, de saneamiento, social, etc), es en los puntos de intercambio (nodos) donde se produce la arquitectura. Así, la construcción de un mercado sería la consecuencia arquitectónica de la existencia de un lugar apto para el intercambio comercial.

Aunque al revés también funciona, puede ser que la actividad comercial (el flujo) sea la consecuencia de la construcción del mercado. (Jan Gehl nos diría que lo segundo es mucho menos eficiente. Vale más la pena observar primero dónde se produce la vida de forma natural en la ciudad. Después, diseñaremos el espacio público que mejor favorezca esa actividad y, para finalizar, construiremos los edificios. Un método tan razonable como poco extendido.)

Energía, termodinámica e inteligencia

En nuestra investigación, queremos aportar un prisma adicional a la importancia de los nodos en el diseño de servicios, infraestructuras y espacios públicos. Según la segunda Ley de la Termodinámica, la entropía o desorden de un sistema siempre aumenta con el tiempo.

Bajo ese prisma, los nodos son el lugar donde se desordenan y reordenan los flujos (de información, de mercancías, de personas). Y toda reducción de la entropía en una parte del sistema necesita de la aplicación de energía, energía que calienta el sistema en su conjunto, como sucede en un frigorífico. En él, el frío sirve para detener la proliferación de bacterias y hongos en los alimentos contenidos en su interior, a costa de calentar la habitación y de acelerar el metabolismo de las bacterias y ácaros que hay en su trasera y en sus alrededores. Desarrollaremos esta hipótesis termodinámica de la producción de arquitectura para acoger la vida en torno a los nodos en un futuro artículo.

Por ahora, nos quedamos con la propia argumentación de Kevin Lynch: es en los nodos o intersecciones donde tomamos las decisiones, es decir, donde aplicamos “inteligencia”. Nos detenemos, pensamos, nos cruzamos con otra gente, quizás quedamos con alguien conocido que ha venido en otra línea de metro. Todo ello invita a que hagamos de los nodos lugares mejores: determinando bien sus límites, situando algún punto de referencia, haciendo que el nodo transmita la indentidad del lugar, o diseñando su aspecto para que nos indique las direcciones a tomar (evitando, por ejemploo, la sensación de desorientación que tenemos al salir de ciertas bocas de metro a la superficie).

Diseñando los “paths”

También nos interesan el diseño calles porque buenas calles significan barrios vivos. Según Kevin Lynch, una calle se convierte en un verdadero camino si es apta para que los peatones caminen por ella a gusto, si posee un sentido claro de dirección, o si está dotada de carácter; por ejemplo, mediante la concentración de un cierto tipo de actividad comercial como ocurría en la calle del Barquillo en el madrileño barrio de Chueca, dedicada a tiendas de sonido, o mediante un tipo especial de pavimento o de fachada.

Convertir las calles en caminos también puede conseguirse a través de las condiciones ambientales. Lynch propone usar la iluminación, una técnica que los nuevos centros comerciales al aire libre usan de manera realmente sofisticada. Como también utilizan el sonido (mediante la música, o el murmullo del agua). En realidad, si uno se pasea por un centro comercial de una empresa como Intu puede encontrar muchas de estas cualidades. El resultado crea en el visitante una sensación reconfortante que se traduce en una predisposición positiva a consumir.

Si uno se da una vuelta por este tipo de centros comerciales al aire libre puede comprobar cómo cumplen las cualidades que Kevin Lynch establece para un espacio público de calidad. Sabemos en todo momento dónde estamos, hacia dónde nos dirigimos, y además estamos cómodos y el lugar nos transmite una narrativa totalmente inteligible. Ni los situacionistas lo hubieran hecho mejor. Parafraseándoles, qué amarga su victoria, cuando las técnicas psico-geográficas que ellos defendían en los años 50 para usar la tecnología ambiente en aras de la superación de la vida lastrada por el consumismo, son usadas hoy precisamente para promoverlo.

Crítica del método

Kevin Lynch propone el siguiente método para trazar ese mapa mental colectivo de la ciudad:

  1. Seleccionar un grupo de personas
  2. Pedirles que dibujen un mapa de su ciudad con los principales elementos que recuerden
  3. Entrevistarlos acerca de los lugares más significativos para ellos
  4. Ejercicio de reconocimiento y posicionamiento geográfico de ciertas imágenes características de la ciudad
  5. Recorrido por zonas específicas para trabajar aspectos concretos del mapa, con el acompañamiento de expertos

El propio Lynch reconoce las limitaciones del método. El principal es la dificultad que para mucha gente supone el mero hecho de dibujar lo que hay en su cabeza, de trasladar fielmente al papel la imagen de la ciudad que cada uno tenemos. Pero también, el problema de seleccionar un grupo suficientemente grande para que los diferentes grupos socio-demográficos estén correctamente representados en la muestra. Existe otro problema de carácter psicológico, y tiene que ver con la diferencia entre la imagen que recordamos cuando nos piden dibujar el mapa y la imagen que usamos para tomar decisiones sobre el terreno. Por ejemplo, cuando en un cruce hay que decidir qué dirección tomar.

Tenemos muchos más elementos de la ciudad en la cabeza de los que recordamos, por lo que ese mapa que dibujemos sobre lo recordado será siempre un subconjunto pequeño de las muchas cosas que sabemos de la ciudad.

Y, finalmente, Lynch señala un cuarto problema. A su juicio, el método no consigue capturar bien las interrelaciones entre elementos de la ciudad, ni los cambios de la imagen de la ciudad en función del tiempo (los mapas producidos son estáticos).

Futuras líneas de trabajo

En las páginas finales de “La imagen de la ciudad”, Kevin Lynch marca una hoja de ruta para superar su propio trabajo. Al margen de la validación de sus ideas a través de proyectos reales de diseño urbano, le preocupa la cuestión de desarrollar una técnica para la representación de la ciudad a lo largo del tiempo. Así mismo, reconocía el problema de extender la muestra de individuos por sus directas implicaciones en el coste del estudio. Y, ya puestos a soñar, deseaba encontrar la manera de capturar la imagen colectiva de la ciudad y sus fluctuaciones sin necesidad de repetir el arduo experimento cada vez.

Hoy en día, se empieza a atisbar cómo algunos de estos problemas que en 1960 parecían fuera del alcance del diseñador urbano pueden ser, por fin, abordados.

Por ejemplo, la visualización de datos captados por infraestructuras urbanas permite representar ciertas capas de la ciudad a lo largo del tiempo, revelando aspectos ocultos de nuestros ecosistemas urbanos. Las técnicas de “sentiment análisis”, que analizan cómo la ciudadanía siente su ciudad a través de los datos expuestos en redes sociales, ayudan parcialmente a dibujar un mapa mental colectivo de nuestras ciudades. Las interrelaciones entre elementos también empiezan a ser visibles gracias a los datos de nuestros móviles y a las tecnologías de geo-localización.

Big data e Inteligencia Artificial

Sin embargo, la utilización de todas estas tecnologías y técnicas en pos de un mejor diseño urbano es, todavía incipiente. Los tecnólogos (que saben recopilar datos) no están conectados con los urbanistas (responsables de cambiar la forma de nuestra ciudad). Y los urbanistas trabajan con modelos y apenas empiezan a practicar la ciencia de datos.

Las hipótesis de Lynch hoy podrían modelarse, por ejemplo, mediante sistemas de inteligencia artificial entrenados con datos recogidos en tiempo real que nos advirtieran de las zonas de la ciudad que funcionan y de las que no funcionan. Ello permitiría, por ejemplo, tomar decisiones mejor informadas sobre potenciales intervenciones en el espacio público, y medir en cuasi tiempo real su efecto.

Son tantas las posibilidades que la tecnología nos abre que pensamos que es momento de recuperar a Kevin Lynch y recordar el fin último de “La imagen de la ciudad”: contribuir a que la ciudad nos haga sentir como en nuestra propia casa. Cómodos, seguros, e importantes.

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Etiquetas: , Last modified: 22/11/2020
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